Yacían ambos en la esponjosa superficie de ese viejo colchón,
mullido por las cientas de noches que él había dormido encima suya, un colchón
con el mismo olor que su pelo y ahora diluido en el perfume claro a la vez que
intenso de la piel de la mujer más bella, delicada, y preciosa que había visto
en su vida. Los ojos de la mujer brillaban mientras la luz atravesaba
furtivamente su iris acaramelado, se movían lentamente y hacían que su hombre
cada vez estuviese más impresionado y obsesionado por la preciosidad a la que
la madre naturaleza había dado a luz.
Sus labios permanecían sonrojados, perfectos , y completamente inmersos en un
alegre mar de canónicas facciones, iluminadas por el único foco de luz que
salía de ella misma, un foco que permanecía constante y dirigido hacia la dulce
impresión que la perfección resaltaba en una mujer que, sin duda, brillaba por
encima de todas las demás. A pesar de
que la suavidad de una piel sea únicamente apreciable al tacto, todos los
sentidos de un hombre podrían percibir como las controladas curvas de su
cuello, su delgado y blanco cuello, se recubrían del más lujoso y aterciopelado
de los materiales. Los olores corporales de ambos se mezclaban en una perfecta
sinfonía y harmónicos encajaban destilando un simétrico aroma que sumergia la habitación
y la condenaba a su permanencia durante meses.
Cuando
su cabeza se apoyó sobre el pecho de el, este podía sentir el latido de su
corazón, una de las maravillas de la vida ahora se encontraba a apenas unos
milímetros de su oído y podía incluso percibir su presencia. Tímidamente
la pierna de la dama estaba apoyada
sobre la de él y la respiración lenta y acompasada le indicaba que el sueño se
había apoderado de ella y ahora
descansaba su cuerpo tendido e inmóvil, tranquilo, relajado, feliz. La tenue
luz de una lámpara de aceite iluminaba la estancia y parpadeaba mínimamente a
medida que el combustible se consumía, se respiraba un aire cálido mezclado con
pequeñas trazas de humo y el abanico arómatico se hacía más y más complejo
cuando la madera de las puertas y los muebles subia su temperatura por el calor
humano. Esta dejaba libre un olor que a el le recordaba su aldea: madera vieja,
blanda y desgastada por los años, barnizada por capas que habían sido aplicadas
tras el paso de los años para preservar una estructura que claramente había
sido deteriorada por el tiempo.
Poco a
poco, el sueño se apoderaba en este caso de el también, el cansancio tras un
duro día de estudio y perseverancia por conseguir un sueño que claramente
acabaría por los suelos, un sueño que jamás llegaría a hacerse realidad y que
siempre permanecería en su recuerdo como una meta enquistada, hacía que los párpados cayeran y como un
telón dieran fin al teatro de la vida. Fue curioso como el sueño invadio la
mente del chico, pues de alguna manera el se sentía protegido por la presencia
de la mujer y no tenía miedo en absoluto de que nada pudiera pasarle si ella
estaba al lado, confíaba plenamente en
que , a pesar de que los dos estuvieran dormidos, su vida era feliz, completa y
perfecta. La respiración se ralentizó, el corazón bajó su intensidad y su ritmo
hasta prácticamente acoplarse y sumirse en el olvido, la mente se abstraía poco
a poco de la que se concebia como realidad, y en el momento más esperado el
silencio fluyo por el interior de sus venas. Nada podría parar ahora la
libertad de un mundo nuevo, imaginario, sin problemas ni limitaciones excepto
el hecho de que nada era real.
La
habitación estaba oscura, las paredes de caoba emitían ahora una impresión de
frio ébano a la luz de la luna, y las cortinas dejaban pasar la poca luz que la
densa capa de nubes imprimía a través de la lluvia que irrigaba los campos. El
corazón latía igualmente despacio, pero sin ilusión por seguirlo haciendo
durante mucho tiempo y sin la seguridad de que hubiera nadie que lo protegiera
, lentamente también se ralentizaba a la par que la respiración que ahora
introducia frio aire en los pulmones, impolutos de ningún tipo de contaminación
pero inmersos en una nube de niebla densa y pesada que nadie podría quitar por
el simple motivo de que realmente ella no estaba a su lado, ella jamás lo
estaría, y el verdadero futuro era la
soledad. Nunca nada sería real.
El
despertador lo aturdió a las 8:30 con un fuerte y alarmante sonido del que ni
siquiera se preocupo en extinguir, miro su blanca piel con una luz húmeda y
desalentadora que inundaba la estancia, y prosiguió su férreo protocolo de
asearse y vestirse para emprender un nuevo viaje hacia un destino incierto.
Subio descalzo las escaleras que lo separaban de su despacho temblando, y con
el bello de todo su cuerpo erectado como resultado del frio contacto con la
baldosa, cada vez tenía menos tiempo para llegar a su puesto de trabajo y debía
darse prisa en haber sus obligaciones como huésped de aquella exasperante
mansión. El tiempo transcurría mientras el, perdido por aquella casa, intentaba
despertarse definitivamente y olvidar todo aquello que se había construido en
su mente. Un café, dos, tres,cuatro y sus pupilas se dilataron, su corazón se
aceleró. Cogió las llaves del coche y se dirigió al garaje, hizo el contacto y
se incorporó al denso tráfico matutino que cada vez más fuerte azotaba el
áspero asfalto.
En ese
momento sonaba en la radio “Rhapsody in Blue” , el odiaba esa canción a pesar de sentir una
verdadera pasión por la música clásica y dirigió su mirada al potenciómetro de
ese viejo y polvoriento aparato. Cuando de nuevo levanto la vista vio un camión
aproximándose rápidamente hacia su coche, pero no frenó. Se limitó a pisar el
embrague y a esperar la colisión. Fueron sus últimos momentos.